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dilluns, 12 de juny de 2017

EL GIRO DE GREENBLATT , DE CÓMO UN MANUSCRITO OLVIDADO CONTRIBUYÓ A CAMBIAR EL MUNDO MODERNO

Poggio Braciollini o Poggio el Florentino es el descubridor, de ese manuscrito olvidado, en 1417 y en un monasterio alemán. Un florentino laico, no eclesiástico, en un mundo en el que “la familia, la red de parentescos, el gremio o la corporación eran los pilares de la identidad de un individuo” (p.22). Buscador de libros, de manuscritos, pero no libros de oraciones ni “obras sobre teología, medicina y leyes que eran los prestigiosos instrumentos de las élites profesionales”. Esa era una primera paradoja en aquel personaje, Poggio, de un nuevo gremio naciente de letrados humanistas, como iban a empezar a ser reconocidos y apreciados en toda Europa


“El forastero se dirigía a un monasterio, pero no era ni un clérigo ni un teólogo ni un inquisidor, y tampoco buscaba libros de oraciones. Iba a la caza de manuscritos antiguos, muchos de ellos cubiertos de moho o comidos por los gusanos, y todos ellos indescifrables incluso para los lectores mejor preparados. Si las hojas de pergamino que los componían seguían intactas, tendrían cierto valor material, pues con la ayuda de un cuchillo podía borrarse cuidadosamente el texto y, después de alisarlas con polvos de talco, podía volverse a escribir en ellas. Pero Poggio no se dedicaba al comercio de pergaminos, y en verdad abominaba a los que se dedicaban a borrar los textos antiguos. Lo que él deseaba era ver lo que se decía en ellos, aunque estuvieran escritos con una caligrafía enrevesada, y sobre todo sentía particular interés por los manuscritos de cuatrocientos o quinientos años de antigüedad, que se remontaban, por tanto, al siglo X o incluso a épocas anteriores.”


“Si te gusta llamar al mar Neptuno o referirte al grano y al vino con los nombres de Ceres y Baco, decía Lucrecio, puedes hacerlo tranquilamente, del mismo modo que puedes llamar Madre de los dioses al orbe. Y si, atraído por su solemne hermosura, decides visitar los santuarios religiosos, no te hará ningún daño, con tal de que contemples las imágenes de los dioses ‘en paz y tranquilidad’ (6:78). Pero no debes pensar ni por un instante que puedes irritar o propiciar a alguna de esas deidades. Las procesiones, los sacrificios de animales, las danzas frenéticas, los tambores, los címbalos y las flautas, las lluvias de pétalos de rosa, los sacerdotes castrados, las imágenes esculpidas de un dios niño: todas esas prácticas de culto, aunque fascinantes y llamativas a su modo, carecen fundamentalmente de sentido, pues los dioses a los que pretenden llegar están totalmente distantes y alejados de nuestro mundo.”

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